Religiones

La única religión admitida en Cabo Verde en la época del poblamiento inicial era la cristiana católica, administrada por los frailes, vicarios y capellanes de la Orden de Cristo (en virtud de la bula papal Romanus Pontifex, de Calisto III), que acompañaban a los descubridores, y se instalaban en las comunidades que se fueron constituyendo, en el caso de Cabo Verde, primero por Ribeira Grande y Alcatraz, en la isla de Santiago, aunque se mencionen monjes franciscanos procedentes del Convento de S. Bernardino de Atouguia, llegados a Ribeira Grande en 1466.

La actuación de la iglesia católica en Cabo Verde fue fundamental, no sólo en el aspecto estrictamente religioso y moral, sino también en la enseñanza y la cultura, ya que los misionarios y restantes padres y otros religiosos eran las personas mejor preparadas y más dispuestas a enseñar, desde las letras hasta las ciencias, e incluso las artes.

En mitad de todo este aparato de la Iglesia en Cabo Verde, propio de la época, destaca como telón de fondo, cada vez con mayor nitidez, la profunda transformación social de este pueblo criollo innovador, que comenzó a crear una lengua aglutinadora, y entre críticas tolerantes a “costumbres largas”, desarrolló un proceso de mestizaje interno que estaba en vías de sellar un pacto espiritual y religioso en una cosmovisión convergente entre los preceptos bíblicos y evangélicos católicos por un lado, y la adivinación, augurios y ordalías siempre presentes en la imaginación de los africanos, por el otro. Siendo los padres curadores de almas, no les molestó demasiado, aunque la combatiesen por principios, la actuación de los jacabouces, adivinos que identificaban la causa sobrenatural de la enfermedad, obligaban al usurpador a devolverla al cuerpo enfermo, y ejercían una medicina naturalista. A estos curanderos no sólo acudían los africanos criollos, sino a menudo los europeos también, llevados por la esperanza que la magia africana prometía, en situaciones de aflicción, haciendo intervenir fuerzas del más allá para restablecer el equilibrio terreno, al igual que la noción de milagro. En lo que respecta al sentimiento de pecado, que conduce a la obtención del perdón, conceptos que ocupaban la esencia de la doctrina cristiana de la época, los jesuitas se quejaban de no conseguir sensibilizar a los criollos, poco dados a “confesar” pecados de los que no se sentían culpables.

Vistas las cosas del lado de los que fueron forzados a dejar en África sus puntos de referencia culturales y religiosos, y desde la perspectiva proporcionada por el tiempo, se puede decir con seguridad que la omnipresente doctrina católica, escenificada con pompa y circunstancia, no los desvió tanto de los orígenes, con la ventaja de aparecer como vía genuina para la libertad, camino de ascenso social, defensa contra la justicia y la arbitrariedad, en un clima de contemplación, aprendizaje y paz.

Un buen ejemplo de esta simbiosis son las fiestas de los santos populares, en los meses de mayo y junio, celebradas desde el siglo XVI bajo el signo del solsticio de verano, común a las dos tradiciones religiosas, con manifestaciones populares que unen en perfecta armonía rituales procedentes tanto de la liturgia católica, como de los ritos animistas.

Cuando, ya en el siglo XX, el concilio Vaticano II abre la liturgia a expresiones culturales locales, se ve claramente que en Cabo Verde esa aculturación ya se había realizado hacía más de dos siglos, como se puede notar por el testimonio traído de lejos por la tabanca de la Achada Grande, en Playa, cuya sede era rodeada por un muro tosco, que resguardaba una capilla, un terreno para bailes, una enfermería, una cárcel y un cuartel, y en cuyas ceremonias eran integrados estandartes, cruces, luces de vela y aceite, tambores, velas, agua bendita de la iglesia matriz, imágenes de santos, música, bailes, cantos gregorianos y letanías.

Con los contactos establecidos desde el siglo XIX con Estados Unidos de América, otras iglesias cristianas reformistas, como la del Nazareno, la de los Adventistas del 7º Día y otras vinieron a instalarse y se desarrollaron progresivamente en las diversas islas.

Más recientemente, Iglesias procedentes especialmente de Brasil, como el Maná, el Templo Mayor u otras han sido implantadas en las diferentes islas del archipiélago.

Con la abertura de las fronteras a los países de la CEDEAO (Comunidad Económica de los Estados del África Occidental), la religión musulmana también pasó a contar con una presencia significativa en Cabo Verde.

La única religión admitida en Cabo Verde en la época del poblamiento inicial era la cristiana católica, administrada por los frailes, vicarios y capellanes de la Orden de Cristo (en virtud de la bula papal Romanus Pontifex, de Calisto III), que acompañaban a los descubridores, y se instalaban en las comunidades que se fueron constituyendo, en el caso de Cabo Verde, primero por Ribeira Grande y Alcatraz, en la isla de Santiago, aunque se mencionen monjes franciscanos procedentes del Convento de S. Bernardino de Atouguia, llegados a Ribeira Grande en 1466.

La actuación de la iglesia católica en Cabo Verde fue fundamental, no sólo en el aspecto estrictamente religioso y moral, sino también en la enseñanza y la cultura, ya que los misionarios y restantes padres y otros religiosos eran las personas mejor preparadas y más dispuestas a enseñar, desde las letras hasta las ciencias, e incluso las artes.

En mitad de todo este aparato de la Iglesia en Cabo Verde, propio de la época, destaca como telón de fondo, cada vez con mayor nitidez, la profunda transformación social de este pueblo criollo innovador, que comenzó a crear una lengua aglutinadora, y entre críticas tolerantes a “costumbres largas”, desarrolló un proceso de mestizaje interno que estaba en vías de sellar un pacto espiritual y religioso en una cosmovisión convergente entre los preceptos bíblicos y evangélicos católicos por un lado, y la adivinación, augurios y ordalías siempre presentes en la imaginación de los africanos, por el otro. Siendo los padres curadores de almas, no les molestó demasiado, aunque la combatiesen por principios, la actuación de los jacabouces, adivinos que identificaban la causa sobrenatural de la enfermedad, obligaban al usurpador a devolverla al cuerpo enfermo, y ejercían una medicina naturalista. A estos curanderos no sólo acudían los africanos criollos, sino a menudo los europeos también, llevados por la esperanza que la magia africana prometía, en situaciones de aflicción, haciendo intervenir fuerzas del más allá para restablecer el equilibrio terreno, al igual que la noción de milagro. En lo que respecta al sentimiento de pecado, que conduce a la obtención del perdón, conceptos que ocupaban la esencia de la doctrina cristiana de la época, los jesuitas se quejaban de no conseguir sensibilizar a los criollos, poco dados a “confesar” pecados de los que no se sentían culpables.

Vistas las cosas del lado de los que fueron forzados a dejar en África sus puntos de referencia culturales y religiosos, y desde la perspectiva proporcionada por el tiempo, se puede decir con seguridad que la omnipresente doctrina católica, escenificada con pompa y circunstancia, no los desvió tanto de los orígenes, con la ventaja de aparecer como vía genuina para la libertad, camino de ascenso social, defensa contra la justicia y la arbitrariedad, en un clima de contemplación, aprendizaje y paz.

Un buen ejemplo de esta simbiosis son las fiestas de los santos populares, en los meses de mayo y junio, celebradas desde el siglo XVI bajo el signo del solsticio de verano, común a las dos tradiciones religiosas, con manifestaciones populares que unen en perfecta armonía rituales procedentes tanto de la liturgia católica, como de los ritos animistas.

Cuando, ya en el siglo XX, el concilio Vaticano II abre la liturgia a expresiones culturales locales, se ve claramente que en Cabo Verde esa aculturación ya se había realizado hacía más de dos siglos, como se puede notar por el testimonio traído de lejos por la tabanca de la Achada Grande, en Playa, cuya sede era rodeada por un muro tosco, que resguardaba una capilla, un terreno para bailes, una enfermería, una cárcel y un cuartel, y en cuyas ceremonias eran integrados estandartes, cruces, luces de vela y aceite, tambores, velas, agua bendita de la iglesia matriz, imágenes de santos, música, bailes, cantos gregorianos y letanías.

Con los contactos establecidos desde el siglo XIX con Estados Unidos de América, otras iglesias cristianas reformistas, como la del Nazareno, la de los Adventistas del 7º Día y otras vinieron a instalarse y se desarrollaron progresivamente en las diversas islas.

Más recientemente, Iglesias procedentes especialmente de Brasil, como el Maná, el Templo Mayor u otras han sido implantadas en las diferentes islas del archipiélago.

Con la abertura de las fronteras a los países de la CEDEAO (Comunidad Económica de los Estados del África Occidental), la religión musulmana también pasó a contar con una presencia significativa en Cabo Verde.

Autoria/Fonte

Armando Ferreira

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