Morna

  • Danza
  • Música

En rigor, se desconoce el origen de la palabra que dio nombre al género musical más universal e idiosincrático de Cabo Verde. Se atribuye a la lengua inglesa (to morn), a la francesa (morne), e incluso se plantea un origen en Martinica (donde la palabra corresponde a poblado); el estudioso Vasco Martins tiende hacia un origen alentejano, más natural, en el que el término adopta su sentido normal del vocabulario portugués (en el sentido de calma, lenta), a semejanza de lo que ocurre con la casi totalidad de la terminología del criollo. No importa el origen del término, la morna es conocida hoy universalmente, y en buena parte de los países del mundo, el público que acude a los espectáculos de Cesária Évora, Tito Paris y otros iconos de la interpretación de música caboverdiana son capaces de tatarear la sencilla melodía más arrebatadora de “sodade, sodade…”.

La ternura transmitida por la norma es más conmovedora, cuanto más se conoce la agrura de las islas del harmatán; pero tal vez no, si tenemos en cuenta la capacidad humana de sobreponerse a las dificultades materiales con una mayor espiritualidad. En realidad, la música caboverdiana, y especialmente la morna, son un verdadero consuelo para los rigores de la vida de los “flagelados del viento del Este”, que Manuel Lopes tan bien caracterizó.

Generada en la isla de Boa Vista a partir del landum, mediante una transformación de binario a cuaternario y la introducción progresiva del tono menor, la morna fue adoptando mayor versatilidad de temas, unos y otros redundando en un ritmo más lento que el inicial, por influencia de las remadas pausadas de los pescadores de la isla. Rabilona es el nombre de la primera morna conocida, cuyo apogeo en Boa Vista se centró en Povoação Velha, el primer núcleo poblacional de la isla, donde Maria Barba se perpetuó como cantora en las horas vagas.

Y mientras tanto en isla Brava la morna conoce su apogeo, hacia finales del siglo XIX y primer cuarto del XX, a través de lo que hasta hoy se considera como su máximo exponente, Eugénio Tavares (1861/1930), que le confiere el cromatismo sentimental que más la caracteriza, en torno a temas de amor, la belleza casi divina de la mujer y la soledad impuesta por la separación.

Aunque la morna recorra intensamente el alma caboverdiana en todas las islas, fue en S. Vicente que, de algún modo, vino para quedarse, enriquecida con un nuevo abordaje en el acompañamiento y en el cromatismo, con B. Leza (1905/1958) quien introdujo los medios tonos de influencia brasileña (los marineros que pasaban por Mindelo dejaron fuertes influencias), además de un enriquecimiento armónico, otorgándole así el toque de dramatismo que le conocemos y que tanto cautiva a quien escucha. S. Vicente, donde se fabrican los instrumentos que le dan alma, y donde nacieron numerosos autores (como Luís Rendall, Manuel de Novas, Bau... ) e intérpretes (como Bana, Cesária Évora, Titina... ) que llevan a todos los rincones su sonido doliente y el lamento de sus mensajes, es sin duda, uno de los focos de mayor difusión de la música caboverdiana.

En rigor, se desconoce el origen de la palabra que dio nombre al género musical más universal e idiosincrático de Cabo Verde. Se atribuye a la lengua inglesa (to morn), a la francesa (morne), e incluso se plantea un origen en Martinica (donde la palabra corresponde a poblado); el estudioso Vasco Martins tiende hacia un origen alentejano, más natural, en el que el término adopta su sentido normal del vocabulario portugués (en el sentido de calma, lenta), a semejanza de lo que ocurre con la casi totalidad de la terminología del criollo. No importa el origen del término, la morna es conocida hoy universalmente, y en buena parte de los países del mundo, el público que acude a los espectáculos de Cesária Évora, Tito Paris y otros iconos de la interpretación de música caboverdiana son capaces de tatarear la sencilla melodía más arrebatadora de “sodade, sodade…”.

La ternura transmitida por la norma es más conmovedora, cuanto más se conoce la agrura de las islas del harmatán; pero tal vez no, si tenemos en cuenta la capacidad humana de sobreponerse a las dificultades materiales con una mayor espiritualidad. En realidad, la música caboverdiana, y especialmente la morna, son un verdadero consuelo para los rigores de la vida de los “flagelados del viento del Este”, que Manuel Lopes tan bien caracterizó.

Generada en la isla de Boa Vista a partir del landum, mediante una transformación de binario a cuaternario y la introducción progresiva del tono menor, la morna fue adoptando mayor versatilidad de temas, unos y otros redundando en un ritmo más lento que el inicial, por influencia de las remadas pausadas de los pescadores de la isla. Rabilona es el nombre de la primera morna conocida, cuyo apogeo en Boa Vista se centró en Povoação Velha, el primer núcleo poblacional de la isla, donde Maria Barba se perpetuó como cantora en las horas vagas.

Y mientras tanto en isla Brava la morna conoce su apogeo, hacia finales del siglo XIX y primer cuarto del XX, a través de lo que hasta hoy se considera como su máximo exponente, Eugénio Tavares (1861/1930), que le confiere el cromatismo sentimental que más la caracteriza, en torno a temas de amor, la belleza casi divina de la mujer y la soledad impuesta por la separación.

Aunque la morna recorra intensamente el alma caboverdiana en todas las islas, fue en S. Vicente que, de algún modo, vino para quedarse, enriquecida con un nuevo abordaje en el acompañamiento y en el cromatismo, con B. Leza (1905/1958) quien introdujo los medios tonos de influencia brasileña (los marineros que pasaban por Mindelo dejaron fuertes influencias), además de un enriquecimiento armónico, otorgándole así el toque de dramatismo que le conocemos y que tanto cautiva a quien escucha. S. Vicente, donde se fabrican los instrumentos que le dan alma, y donde nacieron numerosos autores (como Luís Rendall, Manuel de Novas, Bau... ) e intérpretes (como Bana, Cesária Évora, Titina... ) que llevan a todos los rincones su sonido doliente y el lamento de sus mensajes, es sin duda, uno de los focos de mayor difusión de la música caboverdiana.

Autoria/Fonte

Armando Ferreira

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